Suena el teléfono.
Dígame.
-Soy Belén, papá, te llamo para recordarte que mañana tienes la cita para lo de la pensión de mamá, acuérdate de llevar el papel, ahí te pone todos los datos, está en el cajón de la mesita. Y no te olvides la mascarilla.
“Ah, vale, hija. ¿Vendrás mañana a comer?”
-Sí, papá, como siempre, en cuanto salga del trabajo.
Al día siguiente, tras desayunar y asearse, Manuel recuerda que tiene que ir a la oficina donde se gestiona lo de la pensión de viudedad. Y que debe llevar el papel que le dijo Belén. Se dirige al cajón de la mesita, justo del lado de la cama donde dormía Carmen hasta su fallecimiento por la maldita pandemia. Abre el cajón y coge, como siempre, una de las mascarillas. Lo cierra y se dirige a la puerta de salida pero se acuerda que debe llevar el papel para lo de la pensión. Vuelve sobre sus pasos, abre de nuevo el cajón de la mesita y recoge un papel que pone “cita” y el nombre de Carmen.
¿Dónde va tan temprano, Manuel? Le dice en el rellano de la escalera su vecino Serafín. “A ver si arreglo lo de la pensión de Carmen, mi mujer”. “¿Y tiene cita?”, le inquiere Serafín.
-“Sí -responde Manuel-. Me la sacó mi hija”.
Ah, pues entonces, aunque vea mucha cola, no haga caso y pase directamente a las oficinas-le aclara su vecino.
Tras agradecer a éste el consejo, Manuel sale a la calle y se dirige a las oficinas, que se encuentran apenas a trescientos metros de su casa y al acercarse comprueba que efectivamente la cola de gente llega de un extremo a otro de la plaza. Pero él -ufano- cruza ésta en dirección a la puerta principal de las oficinas.
“Oiga, ¿dónde va? Hay que ponerse a la cola” -le recrimina un hombre de unos 70 años como él.
“Perdone, señor, ¿tiene cita? -le inquiere una señora.
Mientras avanza por la plaza, Manuel sigue escuchando murmullos, requerimientos y hasta improperios. “Qué cara tiene” “¡a la cola!”…
Esto le hace ponerse muy nervioso. Llega a la puerta principal. Un guardia de seguridad, muy atareado en su función de comprobar la credencial para entrar y tras discutir con una pareja enfurecida, le pregunta a Manuel si tiene cita, respondiéndole éste que sí y le enseña el papel que cogió en la mesita de noche. El guardia, que observa el semblante azorado de Manuel, tras leer el papel le responde seca y tajantemente: “Esta cita no le sirve. Tiene que ponerse a la cola”
Sorprendido y sobre todo enfadado Manuel cruza la plaza en sentido contrario hasta alcanzar el final de la cola. Se sitúa en ésta algo desorientado. Ya no se acuerda del papel, solo desea que le llegue su turno para pedir la cita. A la vez piensa, preocupado, en su hija, pues va a llegar a casa a comer y no le va a encontrar, son cerca de las dos de la tarde.
Mientras aguarda en la cola, escucha conversaciones de todo tipo. Una señora le dice que si no tiene cita no tiene nada que hacer pues cierran a las dos en punto y le añade que una amiga consiguió la cita a través de internet un día a las 03:30 horas de la madrugada, después de estar todo el día intentándolo. Y se le acerca un hombre de unos cuarenta años, de aspecto elegante y entendido en la materia, preguntándole si desea sacar cita y para qué. Tras contestarle que sí y explicarle el motivo, la empresa en la que trabajaba, el sueldo y los años durante los que cotizó Carmen, el hombre le dice que él se puede encargar de todo, que ya no hace falta que siga en la cola y que al día siguiente él le estará esperando a las 11 de la mañana en la puerta principal para acompañarle a hacer la gestión; solo le costará 300 euros.
Manuel, convencido, sale de la cola para dirigirse a su casa.
Belén llega corriendo a su encuentro, le dice a su padre que no cogió la cita, que ella se la trae pues comprobó que seguía en el cajón de la mesita. “Vamos deprisa -le inquiere-, que tienes la cita para esta hora y pronto cerrarán”. Manuel, aunque sin entender nada, le sigue. Enseñan su credencial al guardia de seguridad, obtienen el número en la máquina de la entrada y justo sale en la pantalla. Acuden al mostrador nº 3 y una funcionaria muy amable le gestiona la solicitud en unos minutos.
Durante el trayecto a casa, Belén le dice a Manuel: “papá, te olvidaste de traer el papel justificante de la cita que tenías en tu mesita de noche”. Manuel le enseña el papel que había cogido de la mesita -”donde están las mascarillas”, le aclara-. Al leerlo detenidamente, su hija le responde que ese papel era una cita que tenía su madre para el Centro de Salud, aclarándole que el justificante de la cita para lo de la pensión estaba en su mesita, la del lado de la cama donde él duerme.
Durante la comida y tras relatar Manuel todas las vicisitudes pasadas le aclaró a su hija que no se había olvidado de coger una mascarilla del cajón “donde siempre están” y como se acordó que tenía que coger el papel de la cita volvió a abrir el mismo cajón, donde leyó las palabras “cita” y “Carmen”.
Unos minutos después, Manuel le dice a Belén: “Hija, creo que tienes que pedirme una cita médica para lo de la memoria”.
-No, papá -le replica Belén. Es a mi a quien me falta expresarme con más claridad